I
CIENCIA Y RAZÓN
He hablado en otro lugar y en forma distinta(1), sobre todo al corazón, empleando un lenguaje sencillo que estuviera al alcance de los humildes y de los justos, que saben llorar y creer. Aquí, en cambio, hablo a la inteligencia, a la razón escéptica, a la ciencia sin fe, para vencerla, superándola, con sus mismas armas. La palabra dulce, que persuade y arrastra porque conmueve, ha sido dicha. Os señalo ahora la misma meta por otras vías, hechas de atrevimiento y de potencia de pensamiento, para que el que pide esto y no sepa ver de otro modo por falta de fe o de orientación, pueda comprender.
El pensamiento humano avanza. Todo siglo, todo pueblo, sigue un concepto, de acuerdo con un desenvolvimiento obediente a ciertas leyes que soportáis. La idea nueva, en cualquier campo, viene siempre de lo Alto y es intuída por el genio. Vosotros, sin embargo, la captáis, la observáis, la descomponéis, la vivís, y pasa a vuestra vida y a vuestras leyes. Así, la idea desciende y, cuando se ha fijado en la materia, ha agotado su ciclo, habéis utilizado todo su zumo y la arrojáis a un lado para absorber en vuestra alma individual y colectiva un nuevo soplo divino.
Vuestro siglo ha tenido y desarrollado una idea enteramente suya, que las centurias precedentes no veían, consagradas a recibir y desarrollar otras. Vuestra idea ha sido la ciencia, con la que habéis creído descubrir lo absoluto, cuando en realidad también ella es una idea relativa que, agotado su ciclo, pasa; y vengo a hablaros precisamente porque ya está pasando ese ciclo.
Vuestra ciencia se ha lanzado a un callejón sin salida, donde vuestra mente no tiene porvenir. ¿Qué os ha dado el último siglo? Máquinas como jamás las tuvo el mundo (pero que, sin embargo, siguen siendo máquinas), y en compensación ha secado vuestra alma. Esta ciencia pasó como huracán destructor de toda fe y os ha impuesto, con la máscara del escepticismo, un rostro sin alma. Sonreís despreocupados, pero vuestro espíritu desfallece de tedio y lanza gritos desgarradores. Vuestra ciencia es también una especie de desesperación metódica, fatal, sin esperanza. ¿Ha resuelto el problema del dolor? ¿Qué empleo hace de los medios poderosos que le dieron los secretos arrancados a la naturaleza? El saber y la fuerza en vuestras manos se transforman siempre en medios de destrucción.
¿Y para qué sirve entonces el saber, si en lugar de impulsaros hacia lo Alto, haciéndoos mejores, es para vosotros instrumento de perdición? ¡No me os echéis a reír, escépticos, que creéis haberlo resuelto todo sofocando el grito de vuestra alma que quiere ascender! El dolor os sigue y os encontrará por doquiera; sois niños que creéis eludir el peligro escondiendo la cabeza y cerrando los ojos, mas existe una Ley, invisible para vosotros pero más fuerte que las rocas, más poderosa que el huracán, y que avanza inexorable, moviéndolo todo, animándolo todo; y esta Ley es Dios. Está dentro de “Vosotros”; vuestra vida es una manifestación suya; según la justicia, esparcirá sobre vosotros la alegría y el dolor, conforme lo hayáis merecido. He aquí la síntesis que vuestra ciencia, perdida en el infinito pormenor del análisis, no podrá reconstruir nunca. He aquí la visión unitaria, la concepción apocalíptica a que quiero llevaros.
Para hacerme comprender, es preciso que os hable según vuestra mentalidad, que me ponga en el momento psicológico que vuestro siglo vive. Es necesario que parta precisamente de los postulados de esa ciencia vuestra, para darle hoy una orientación por entero distinta. Vuestro sistema de investigación objetiva, sobre la base de observación y de experimento, no puede llevaros más allá de resultados determinados. Todo medio es capaz de dar cierto rendimiento y no más, y la razón es un medio. El análisis no podría dar la gran síntesis (que es la gran aspiración que se estremece en el fondo de todas las almas), sino a través de un tiempo infinito, del que vosotros no disponéis. Vuestra ciencia corre, pues, el riesgo de no concluir nunca, y el “ignorabimus” quiere decir: fracaso. La misión de la ciencia no puede ser sólo la de multiplicar vuestras comodidades; no destrocéis, no sofoquéis la luz de vuestro espíritu, que es la única alegría y centella de la vida, hasta el punto de hacer de la ciencia, nacida de vuestro intelecto, una fábrica de comodidades. Esto es la prostitución del espíritu, la venta vergonzosa de vosotros mismos a la materia.
La ciencia por la ciencia misma nada vale; vale tan sólo como medio de ascensión de la vida. Vuestra ciencia adolece de un pecado de origen: está dirigida únicamente a la conquista del bienestar material; la ciencia verdadera debe tener el solo objetivo de hacer mejores a los hombres. He ahí el nuevo rumbo que es menester tomar, y no es otra mi ciencia(1).
* * *
No hablo por desahogo de sabiduría o para satisfacer la curiosidad humana; voy directo al objetivo de mejoraros moralmente, porque vengo para haceros bien. No me veréis realizar ningún esfuerzo en el sentido de adaptar y encuadrar mi pensamiento dentro del pensamiento filosófico humano, al que me referiré lo menos posible. Me veréis, en cambio, estar continuamente en contacto con la fenomenología del universo. Esta voz es, en verdad, la que hay que escuchar, pues contiene el pensamiento de Dios. Comprendedme, aquellos de vosotros que no creéis, los escépticos que reputáis como sabiduría la ignorancia de las elevadas cosas del espíritu y admiráis el esfuerzo de conquista que realiza diariamente el hombre sobre las fuerzas de la naturaleza. Os enseñaré a vencer la muerte, a superar el dolor, a vivir en la grandiosidad inmensa de “vuestra” vida eterna; ¿y no os consagraréis con entusiasmo a la tarea necesaria para alcanzar tan grandes resultados? ¡Por lo tanto, hombres de buena voluntad, escuchadme! Comprendedme antes con el intelecto, y cuando se haya hecho la luz en él y veáis clara la nueva senda que os señalo, palpitará también vuestro corazón y arderá la llama de la pasión, a fin de que la luz se transmute en vida, y en acción, el concepto.
El momento es crítico y, sin embargo, es preciso avanzar. Y entonces (cosa increíble para la formación psicológica que os ha dado el siglo último) se os comunica una verdad nueva, con medios que desconocéis, para que podáis hallar la nueva senda. Lo Alto, invisible para vosotros, ha intervenido siempre en las grandes evoluciones de la historia. ¿Qué sabéis del mañana, ni qué sabéis por qué hablo? ¿Qué podéis imaginar de lo que el tiempo os prepara, sumergidos como os halláis en el instante fugitivo? Es menester avanzar, y no sabéis más. Las vías del arte y de la literatura, de la ciencia y de la vida social, están cerradas, sin futuro. No tenéis ya el incentivo del espíritu y volveis a masticar las cosas viejas, que ahora son productos de desecho, que deben ser expulsadas de la vida. Os hablaré del espíritu y volveré a abriros aquella senda hacia el infinito que la razón y la ciencia os han cerrado.
Escuchadme, pues. La razón que adoptáis es un instrumento que poseéis para proveer a las necesidades más exteriores de la vida: conservación del individuo y de la especie. Cuando lanzáis este instrumento en el gran mar del conocimiento, se pierde en él, porque en este campo los sentidos (que sirven muy bien para vuestros fines inmediatos) no desfloran más que la superficie de las cosas, y vosotros sentís esa absoluta incapacidad suya para penetrar la esencia. La observación y el experimento, en efecto, no os han dado más que resultados exteriores, de índole práctica, pero la realidad profunda se os escapa, porque el uso de los sentidos como instrumentos de investigación -aún ayudados por medios adecuados- os hará permanecer siempre en la superficie, cerrándoos la vía del progreso.
Para avanzar más es necesario despertar, educar, desarrollar una facultad más profunda: la intuición. Aquí entran en función elementos completamente nuevos para vosotros; ¿qué hombre de ciencia ha pensado jamás que para comprender un fenómeno sea precisa la propia purificación moral? Partiendo de la negación y de la duda, la ciencia ha puesto a priori una barrera insuperable entre el espíritu de observación y el fenómeno; el yo que observa ha permanecido siempre íntimamente extraño al fenómeno, al que sólo tocó por la estrecha vía de los sentidos. Jamás el hombre de ciencia ha abierto su alma para que el misterio mire en la cara al misterio, y se comuniquen y comprendan. El científico nunca ha pensado que es menester amar al fenómeno, llegar a ser el fenómeno que se observa, vivirlo; que hace falta transportar el propio Yo, con su sensibilidad, hasta el centro mismo del fenómeno, no sólo por una comunión, sino precisamente, por medio de una transfusión de alma.
¿Me comprendéis? No todos podrán comprenderme, porque ignoran el gran principio del amor, no saben que la materia es, en todas sus formas (incluso en las más ínfimas), socorrida, guiada y organizada por el espíritu, el cual existe en todas partes, en grados diversos de manifestación. Para comprender la esencia de las cosas debéis abrir las puertas de vuestra alma y establecer, por los caminos del espíritu, esta comunicación interior entre espíritu y espíritu; debéis sentir la unidad de la vida, que hace hermanos a la totalidad de los seres, desde el mineral al hombre, en intercambios e interdependencias, dentro de una ley común; debéis sentir ese vínculo de amor con todas las demás formas de vida; puesto que todo, desde el fenómeno químico al fenómeno social, es vida, regida por un principio espiritual. Para comprender, es preciso que poseáis un alma pura y que un lazo de simpatía os ligue a todo lo creado. La ciencia se ríe de todo esto y por eso debe limitarse a producir comodidades y no otra cosa. En lo que os digo está precisamente la nueva orientación que debe tomar la personalidad humana, para avanzar.
(1) Ver “Los Grandes Mensajes” - primer libro de la obra del mismo autor. (N. del T.)
(1) Para comprender este estilo inusitado, es necesario conocer la técnica de la génesis de este pensamiento, mediante la lectura de los otros volúmenes que, agrupados en trilogías, integran toda la Obra. (N. del T.)
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